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miércoles, noviembre 19, 2008

"La regalo de verdad"


El hombre entró al vagón pronunciando su extraña renguera. Con el pie izquierdo pisaba de manera normal pero con el derecho lo hacía con la punta del pie, girando el tobillo y acompañando todo el movimiento con un impulso hacia arriba, como ejecutando un saltito. Más que una dificultad para caminar, la coreografía se asemejaba a la técnica que utilizaba el ex capitán de Los Pumas, Lisandro Arbizu, para eludir a los rivales.

No era muy difícil darse cuenta de que el mendigo era un falso rengo. De hecho, para ejecutar esa técnica sin cesar es necesario tener el estado físico de un deportista olímpico. Pero no es la variedad de la renguera lo que me llamó la atención. Si bien su argumento de limosna se basaba en la dificultad física, y en su discurso mencionaba una operación de US$ 9.500, toda la estrategia de recaudación estaba anclada en la culpa.

Así como Gonzalo Seibane desmenuza con maestría a esta tribu urbana en su novela Ramal Mitre, luego de viajar con regularidad en transportes públicos desarrollé cierta habilidad para identificar las distintas técnicas que utilizan los mendigos para conmover el alma o el sentimiento de culpa de los pasajeros. El falso rengo recorría el vagón dejando una gargantilla en la falda de cada viajante. A la hora de volver a pasar para retirar la recaudación remarcaba enfáticamente que la bijouterie era un regalo, "un humilde obsequio que los pasajeros se merecen".

Así, cuando alguien hacía ademán de devolver el presente enfatizaba "la regalo de verdad", casi como un grito destinado a despertar el remordimiento del auditorio. Mucho más depurada que la renguera, la retórica le permitió recolectar varios billetes de dos pesos y alguna que otra moneda pesada. Al finalizar su faena, descendió del vagón añorando volver a ver al pasaje una vez que su afección esté curada. Dicho esto, puso un pie en el andén y comenzó su marcha lenta, pero obviando el saltito con el fin de preservar energías para el siguiente tren.

miércoles, abril 18, 2007

Océano Pacífico

Pasados por agua. ¿El tema de las inundaciones se filtrará en la campaña?


Una vez más el regreso a casa fue un caos, pero en este caso adoptó ribetes épicos y generó más de una sorpresa. Las primeras gotas causaron una nueva suspensión del servicio de mis amigos de Metrovías. Sin dar crédito a una nueva interrupción intenté adentrarme al subterráneo en la estación Pueyrredón de la línea D pero el pasillo parecía un arroyo entubado.


Resignado a tener que trasladarme por la superficie, puse proa hacia Marcelo T. de Alvear y me encontré con un gran embotellamiento. Como tenía paraguas decidir avanzar a pie para ver si el nudo se desataba pero a las pocas cuadras me encontré con la causa del tumulto: un auto incendiado (sí! sí! a pesar del agua se prendió fuego).


Seguí caminando por la arteria desierta tras el corte efectuado por los bomberos hasta que la desolación me decidió a buscar algún colectivo en una calle paralela. En ese trance, me topé con un interno de la línea 68 que tuvo la deferencia de abrir sus puertas y receptarme en su interior semivacío, a causa del forzoso cambio de recorrido. A los pocos metros, cuando el transporte regresó a su cauce normal, una horda de peatones empapados ascendió profesnado reproches y vituperios al conductor por la falta de servicio en el recorrido original.


La travesía en el 68 fue tan placentera como breve. Llegados a Plaza Italia, el gran embotellamiento y los rumores de que vecinos enojados habían cortado Juan B. Justo inclinaron al conductor a optar por interrumpir el servicio y anunciar un temprano regreso a Once. Resignado, descendí del invento argentino y emprendí la marcha hacia los supuestos ciudadanos enardecidos.


Cuando llegué al cruce de las Avenidas Santa Fe y Juan B. Justo comprendí que los vecinos enojados no existían, pero sí era real una galleta de vehículos más impresionante que todas las que ya había visto en la hora y media que llevaba intentando regresar a mi hogar.


Sin embargo, lo más sorprendente vino después, cuando destrás del enjambre vehicular percibí el mar que bañaba ambas orillas de la avenida. Rápidamente comprendí que el Océano Pacífico no es el que baña las costas de Chile, Perú, Colombia y el resto de los países del extemo occidental del continente americano, sino que el Oceáno Pacífico era ese que estaba ahí... frente a mis ojos, en el corazón de Pacífico.


Cuando comprendí que sólo Jesús o el pueblo elegido pueden atravesar un mar caminando (por arriba o por el medio) abordé un 152 que parecía decidido a intentar el cruce de las aguas. La galleta impidió la epopeya y a cambio el conductor decidió hacer un rodeo por Bulrich, Cerviño y Dorrego para arribar a la apacible Luis María Campos no sin antes llevarse puesto el paragolpes de un auto mal estacionado.


La calma llegó cuando vislumbramos Cabildo, ascendiendo a las patinadas por el empedrado de Maure y el broche de oro lo puso un pasajero que pidió "un aplauso para el chofer" que casi todos los ocupantes del colectivo tributaron sonrientes.