miércoles, febrero 14, 2007

Bolivia imitaciones


Transcribo el descargo que Sergio Di Nucci hizo al diario La Nación luego de que el jurado revocara el fallo que lo hizo acreedor del Premio Sudamericana de Novela por un presunto plagio a la novela Nada, de Carmen Laforet.
"Nunca quise perjudicar a Carmen Laforet -sigue Di Nucci-. Por el contrario, quise que Nada , la novela de ella, tuviera más lectores y no menos. Nada es una novela clásica que se enseña a los chicos en el secundario. Quise que Nada se reconociera en Bolivia Construcciones . Es decir, se quiso mostrar a Nada , no se la quiso ocultar, lo cual hubiera sido muy fácil. Se quiso señalar a esta otra novela, no ocultarla, se la quiso homenajear, no cancelarla. Esto de la reescritura de Nada se hace en música con el sampleo, o en artes plásticas, como lo que hizo Warhol con La última cena. " En ningún lugar de Bolivia Construcciones , sin embargo, existe la menor referencia a Nada ni a su autora.

4 comentarios:

Lilly Roth dijo...

Disculpen mi franqueza, pero Mi sorprende que alguien, por empezar, haya considerado a "Bolivia Construcciones" como una obra digna de ser premiada. Está horríblemente escrita, sintetiza y exagera tanto los simbolismos que se vuelven impenetrables o simplemente zonzos, el hilo conductor es tan débil que se va cortando a medida que uno avanza... Para mi, realmente, es una incógnita que me interesaría que me develaran: ¿qué llevó a los jurados a considerarla valorable?
En cuanto al caso del plagio, si tanto quería difundir la obra de Laforet, la podría haber comprado y repartirla para Navidad entre sus amigos.

Guillermo Schulmeier dijo...

Lilly: muchas gracias por el comment. El otro día -antes del escándalo por la copia- quise comprar el libro y estaba agotado. Después de tu crítica me parece que voy a invertir la plata en otro libro.

Saludos,

Anónimo dijo...

Bochornosa es la defensa del robo cometido por Di Nucci, realizada por la bandita de Puán. Seguramente cuando Di Nucci ganó el premio nada servía, porque era parte del "festival de acomodos", blabla. Ahora un estudiante de 19 años desenmascara el fraude literario más alevoso de los conocidos en los últimos tiempos, y los puanófilos regurgitan apelaciones al sampleo y a Wilcock. Qué cosa, tantas aclaraciones sobre la intertextualidad recién después de que un jurado revocara el premio por comprobar lo grosero del plagio.
Antes, nadie-y lo que es peor, ni el propio Di Nucci-mencionaban el "homenaje" a Laforet ni la noción de intertextualidad ejemplificando casos concretos de los que se habían tomado "prestados" elementos-o 40 páginas. Ahora, con el escándlo expuesto, todos corren a justificar lo injustificable.
Ah, cierto que Di Nucci es del "eje del bien" (docente en Letras, gay y colaborador de Radar).
Pensar que a Pigna lo destrozan por tres párrafos en los que no citó a la autora original, y a este monigote tramposo lo defienden desde sus púlpitos de Caballito...

Anónimo dijo...

Estos son algunos de los parecidos. Hace falta decir algo más:

a. Descripción del cuarto de Sylvia / Gloria y su retrato desnuda:



"Yo iba. Su pieza se parecía en algo a la jaula de una fiera. El espacio mínimo para deambular. Estaba toda ocupada por una cama matrimonial, y una cuna grande para el niño. Me gustaba conversar con ella porque nunca había que contestarle nada.

– ¿Qué opinas de mí? – era una de sus preguntas favoritas –. ¿No soy muy linda y muy joven"

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 121)



"El cuarto de Gloria se parecía en algo al cubil de una fiera. Era un cuarto interior ocupado casi todo él por la cama de matrimonio y la cuna del niño. (…)

– ¿Qué opinas de mí? – me decía a menudo.

A mí me gustaba hablar con ella porque no hacía falta contestarle nunca.

– ¿Verdad que soy bonita y muy joven? ¿Verdad?"

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 29)



"– Ya sé que te gusta fumar.

– No, pues no me gusta.

– ¿Por qué me mientes a mí también? ¿Por qué eres tan oscuro?"

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 121)



"– Ya sé que te gusta fumar.

– No; pues no me gusta.

– ¿Por qué me mientes a mí también?"

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 32)



"Esa tarde de sábado fui a buscar un lápiz, por consejo de Estefi, que me dijo que allí me prestarían, a la pieza de un boliviano grande, que siempre se enojaba con la gente y les hablaba a gritos. (…)

Creo que ahí nació mi simpatía por Sylvia. Estaba desnuda, sirviendo de modelo a Mariano. La había sentado en un banco en una posición incómoda, arriba de una tela de plástico rojo oscuro.

El aspecto de la pieza era muy curioso. Siguiendo la tradición de los demás cuartos de la pensión de Estefi, todo estaba amontonado en desorden. En un rincón había un esqueleto, colgado de un armazón de madera balsa y alambre de gallinero, como los que usan los estudiantes de medicina en las películas. (…)

Ahí supe que Mariano era pintor. Pintaba trabajosamente, y me parecía que sin talento. Trataba de representar pincelada a pincelada el cuerpo fino y elástico de Sylvia.

Sylvia era más difícil que los pescados. Sin la campera, ni la remera, no los jeans, ni nada, Silvia parecía increíblemente linda y blanca entre la fealdad de todas las cosas, como un milagro de la Virgen de Urkupiña.

– Mira, muchacho, mira –me decía Mariano.

Yo miraba. En el papel donde Mariano pintaba iba apareciendo un muñeco acartonad, tan estúpido como la expresión que había visto otras veces en la cara de Sylvia vestida."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág 118, 119 y 120)



"Creo que mi simpatía por ella tuvo origen el día en que la vi desnuda sirviendo de modelo a Juan.

(…) Fui una mañana a buscar un lápiz, por consejo de la abuela, que me indicó que allí lo encontraría.

El aspecto de aquel gran estudio era muy curioso. (…) Siguiendo la tradición de las demás habitaciones de la casa, se acumulaban allí, sin orden ni concierto, libros, papeles y las figuras de yeso que servían de modelo a los discípulos de Juan. (…) En un rincón aparecía, inexplicable, un esqueleto de un estudiante de Anatomía sobre su armazón de alambre (…)

Vi todo ese conjunto en derredor de Gloria, que estaba sentada sobre un taburete recubierto con tela de cortina, desnuda y en una postura incómoda.

Juan pintaba trabajosamente y sin talento, intentando reproducir pincelada a pincelada aquel fino y elástico cuerpo. (…) En el lienzo iba apareciendo un acartonado muñeco tan estúpido como la misma expresión de la cara de Gloria al escuchar cualquier conversación de Román conmigo."

Ahí supe que Mariano era pintor. Pintaba trabajosamente, y me parecía que sin talento. Trataba de representar pincelada a pincelada el cuerpo fino y elástico de Sylvia."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 30)



b. La huída inesperada de Mariano o de Román:



"Al final, Sylvia se acercó a la cocina de Estefi, y le preguntó a Dense, que cocinaba y limpiaba para ella:

– Diga, Denise, ¿sabe cuándo volverá Mariano?

La mujer torció hacia ella, veloz, su risa espantosa…

– Él volverá. Él nunca deja de volver. Se va y viene. Viene y se va. Pero no se pierde nunca. ¿Verdad, Pedo? No hay que preocuparse.

Se volvía hacia Pedo, el perro que cuidaba, y que estaba, como de costumbre, detrás de ella, con su roja lengua afuera.

– ¿Verdad, Pedo, que no se pierde nunca?

Los ojos del animal relucían amarillos mirando a la mujer y los ojos de ella brillaban también, chicos y oscuros, entre los humos del fuego de brasas que estaba encendiendo para asar anticuchos.

Estuvieron los dos así, fijos, hipnotizados. Tuve la seguridad de que Denise no iba a agregar una sola palabra sus poco informadores comentarios."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 128)



"Una tarde me acerqué a la cocina:

– Diga, Antonia, ¿sabe usted cuando volverá mi tío?

La mujer torció hacia mí, rápidamente, su risa espantosa…

– Él volverá. Él nunca deja de volver. Se va y vuelve. Vuelve y se va. Pero no se pierde nunca. ¿Verdad, Trueno? No hay que preocuparse.

Se volvía hacia el perro que estaba, como de costumbre, detrás de ella, con su roja lengua afuera.

– ¿Verdad, Trueno, que no se pierde nunca?

Los ojos del animal relucían amarillos mirando a la mujer y los ojos de ella brillaban también, chicos y oscuros, entre los humos de la lumbre que estaba comenzando a encender.

Estuvieron así los dos unos instantes, fijos, hipnotizados. Tuve la seguridad de que Antonia no añadiría una palabra a sus poco informadores comentarios."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 49)



"No hubo manera de saber nada de Mariano hasta que el mismo reapareció un atardecer. Estaba yo con gente en lo de Estefi, y como en prisión correccional, porque el Quispe me había atrapado en el momento en que me estaba escapando en puntas de pie a la Bonorino. En un instante así, la llegada de Mariano me llenó de una alegría inesperada.

Me pareció más moreno, con la frente y la nariz quemadas por el sol, pero demacrado, sin afeitar y con el cuello de la camisa sucio.

Sylvia lo miró de arriba abajo.

– ¡Querría saber donde has estado!

El sólo parecía preocupado por una cosa.

– ¿Dónde está? ¿Dónde está mi loro?

Ahí mismo encontró la cacatúa, y empezó a acariciarla.

– Puedes estar segura que te lo voy a decir, Sylvia…¿Quién ha cuidado mi loro, Estefi?

– Yo, Mariano, yo. –dijo Estefi, que no se llamaba Estefi pero sonreía –. No me olvido nunca.

– Gracias Estefi, gracias.

La enlazó por la cintura, de modo que parecía que iba a levantarla, y le dio un beso en la cabellera"

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 167 y 168)



"No hubo manera de saber nada de Mariano hasta que el mismo apareció un atardecer. Estaba yo sola con la abuela y con Angustias, y además me encontraba algo así como en prisión correccional, pues Angustias me había cazado en el momento en que yo me disponía a escaparme a la calle andando en puntillas. En un instante así, la llegada de Román me causó una alegría inusitada.

Me pareció más moreno, con la frente y la nariz quemada del sol, pero demacrado, sin afeitar y con el cuello de la camisa sucio.

Angustias le miró de arriba abajo.

– ¡Quisiera yo saber dónde has estado!

El la miró a su vez, maligno, mientras sacaba el loro para acariciarle.

– Puedes estar segura que te lo voy a decir… ¿Quién ha cuidado mi loro, mamá?

– Yo, hijo mío –dijo la abuela, sonriéndole–, no me olvido nunca…

– Gracias, mamá.

La enlazó por la cintura, de modo que parecía que iba a levantarla, y le dio un beso en el cabello."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 50)



c. La paliza que recibe Sylvia / Gloria de Mariano / Juan:



"Esa noche, la misma en que llegó Mariano, oímos gritos, insultos. Carreras y tropezones con las cosas. El niño de Sylvia empezó a llorar ahí encerrado y la abuela de Estefi, que también vivía ahí encerrada, en otra pieza, se desesperó. Salimos. Ella golpeaba la puerta. Vimos sus brazos esqueléticos.

– ¡Mariano, Mariano! ¡Essse niño! –hablaba como boliviana y me asombró.

De pronto se abrió la puerta de una patada de Mariano, y Sylvia salió despedida, medio desnuda y chillando. (…)

Mariano la alcanzó, y aunque ella trataba de arañarle y morderlo, la agarró debajo del brazo, la llevó al pasillo, y de ahí a ese baño que estaba separado.

– ¡Pobrecito mío!

Gritó la abuela corriendo hacia el niño, que se había erguido y babeaba sobre la cama matrimonial. Luego, cargada con él, corrió con el resto de la gente por el pasillo.

Mariano metió a Silva debajo de la ducha, y sin quitarle la ropa que le quedaba, soltó la lluvia helada sobre ella. Le agarraba la cabeza, así que si abría la boca no tenía más remedio que tragar agua. (…)

De pronto soltó a Sylvia – cuando ella ya no se resistía – y vino hacia nosotros con tal rabia que Denise, la mujer que trabajaba con Estefi, se escabulló inmediatamente, seguida del perro, que iba gruñendo con el rabo entre las piernas.

– ¡Y tú Estefi, llévate inmediatamente a ese niño donde no lo vea o lo estrello!"

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 168 y 169)



"Oímos dentro tacos, insultos. Carreras y tropezones con los muebles. El niño comenzó a llorar allí encerrado también y la abuela se desesperó. Alzó las manos para golpear la puerta y vi sus brazos esqueléticos.

– ¡Juan! ¡Juan! ¡Ese niño!

De pronto se abrió la puerta de una patada de Juan, y Gloria salió despedida, medio desnuda y chillando. Juan la alcanzó y aunque ella trataba de arañarle y morderle, la cogió debajo del brazo y la arrastró hacia el cuarto de baño.

– ¡Pobrecito mío!

Gritó la abuela corriendo al niño, que se había puesto en pie en la cuna, agarrándose a la barandilla y gimoteando…Luego, cargada con el nieto, volvió a la refriega. Juan metió a Gloria en la bañera y, sin quitarle las ropas, soltó la ducha helada sobre ella. Le agarraba brutalmente la cabeza, de modo que si abría la boca no tenía más remedio que tragar agua. (…)

De pronto soltó a Gloria –cuando ella ya no se resistía- y vino hacia nosotras con tal rabia que Antonia se escabulló inmediatamente, seguida del perro, que iba gruñendo con el rabo entre las piernas.

– ¡Y tú, mamá! ¡Llévate inmediatamente al niño donde no lo vea o lo estrello!"

(Laforet, Carmen, 2001, Nada , Barcelona, Crítica, pág. 96)



"Sylvia había cerrado el agua, pero no hacía ademanes de vestirse. Yo la miraba. Mariano me descubrió.

– ¡A ver si servís para algo en tu vida! ¡Traé una toalla!

Las costillas se le destacaban debajo de la remera que llevaba, y le palpitaban violentamente.

Yo no sabía donde guardaba Mariano las toallas. Traje mi toalla, pero era chica, y también traje una sábana de mi colchón, por si hacía falta. Me daba miedo que Sylvia se atrapara una pulmonía. Yo me había levantado con hambre y con frío. Me pareció oler un caldo de gallina en el pasillo.

Mariano intentó sacar a Sylvia de debajo de la ducha de un solo tirón, pero ella le mordió la mano.

– ¡Pedazo de forro! –le gritó esta vez ella, contenta, mientras él le daba puñetazos en la cabeza.

Después Mariano se paró de pronto ahí, de nuevo quieto y jadeante.

– Por mí puedes morirte, ¡bestia! –le dijo Sylvia, y se fue pateando las puertas del pasillo, por donde seguía saliendo gente."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 170 y 171)



"Yo estaba encogida en un rincón del oscuro pasillo. No sabía qué hacer. Juan me descubrió. Estaba ahora más calmado.

– ¡A ver si sirves para algo en tu vida! –me dijo–. ¡Trae una toalla!

Las costillas se le destacaban debajo de la camiseta que llevaba, y le palpitaban violentamente.

Yo no tenía ni idea de dónde se guardaba la ropa en aquella casa. Traje mi toalla y además una sábana de mi cama, por si hacía falta. Me daba miedo de que Gloria pudiera atrapar una pulmonía. Yo misma sentí un frío espantoso.

Juan intentó sacar a Gloria de la bañera de un solo tirón, pero ella le mordió la mano. Él soltó una blasfemia y le empezó a dar puñetazos en la cabeza. Luego se quedó otra vez quieto y jadeante.

– Por mí puedes morirte, ¡bestia! –le dijo al fin.

Y se fue dando un portazo dejándonos a los dos."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 96 y 97)



d. La enfermedad del niño:



"Llegué a lo de Estefi con dolor de cabeza. (…) En lo de Estefi me extrañó el gran silencio que había, a pesar de que era la hora de la cena. Denise se movía con desacostumbrada rapidez. En la cocina la vi acariciando al perro, que apoyaba la cabezota en su regazo. De cuando en cuando conmovían a esa mujer sacudidas nerviosas como descargas de electricidad, y se reía mostrando unos dientes verdosos.

De golpe vino más cerca, y me dijo a media voz, con satisfacción:

– Muchacho, va a haber entierro. Entierro –acentuaba la palabra.

– ¿Cómo?

– Se va a morir el crío.

Me fijé que Sylvia no estaba ahí, y que en su pieza había luz.

– Fueron a la guardia de la salita. ¿Verdad, Pedo? –le preguntaba la criada al perro que gruñía.

Me levanté y entré a la pieza. Mariano le había hecho una pantalla a la luz para que no molestara al niño, que parecía insensible, encarnado de fiebre. Mariano lo tenía entre sus brazos, porque no soportaba estar sobre la cama matrimonial sin llorar continuamente. También estaba la abuela de Estefi, que parecía atontada. Vi que le acariciaba mecánicamente los pies al niño, metiendo la mano por entre la ropa que lo envolvía. Mariano y la abuela estaban sentados en el borde de la cama, y en el fondo, sobre la cama también, pero apoyada contra la esquina de la pared, vi a Sylvia jugando a las cartas muy preocupada."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 173 y 174)



"Llegué a casa con dolor de cabeza y me extrañó el gran silencio que había a la hora de la cena. La criada se movía con desacostumbrada ligereza. En la cocina la vi acariciando al perro, que apoyaba la cabezota sobre su regazo. De cuando en cuando recorrían a aquella mujer sacudidas nerviosas como descargas eléctricas y se reía enseñando los dientes verdes.

– Va a haber entierro –me dijo.

– ¿Cómo?

– Se va a morir el crío…

Me fijé que en la alcoba del matrimonio había luz.

– Ha venido el médico. He ido a la farmacia a buscar las medicinas, pero no me han querido fiar, porque ya saben en el barrio cómo andan las cosas en la casa desde que murió el pobre señor… ¿Verdad, Trueno?

Entré en la alcoba. Juan había hecho una pantalla a la luz para que no molestara al niño, que parecía insensible, encarnado de fiebre. Juan lo tenía entre brazos, porque el pequeño de ninguna manera soportaba estar en la cuna sin llorar continuamente… La abuela parecía atontada. Vi que le acariciaba los pies metiendo sus manos por debajo de la manta que le envolvía. Rezaba el rosario mientras tanto y me extrañó que no llorase. La abuela y Juan estaban sentados en el borde de la gran cama del matrimonio, y en el fondo, sobre la cama también, pero apoyada contra la esquina de la pared, vi a Gloria jugando a las cartas muy preocupada."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 123)



"Pensé que Sylvia estaría haciendo solitarios. A veces los hacía.

– ¿Qué tiene el niño? –pregunté.

– No se sabe –dijo la abuela.

Mariano me miró y dijo:

– El médico opina que es un principio de neumonía, pero yo sé que es por algo que comió. Algo que le dio esa puta.

– Ah.

– No tiene ni la más mínima importancia. El niño está perfectamente constituido: ¡raza de bronce! Soportará bien esta fiebre –seguía diciendo, mientras sujetaba con gran delicadeza la cabeza del pequeño, y la apoyaba en su pecho.

– Anda, Mariano, anda, dale el niño a mamá.

Mariano puso el niño en brazos de la abuela, y el niño empezó a llorar.

– ¡A ver! Dámelo a mí.

El niño sólo se calmó cuando lo volvió a tomar Mariano.

– ¡Qué pícaro! –Dijo la abuela de Estefi–. Cuando está bueno solo quiere que lo cargue yo, y ahora que está enfermito, sólo quiere que lo cargue Mariano."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 175 y 176)



"Pensé que estaría haciendo solitarios. A veces los hacía.

– ¿Qué tiene el niño? –pregunté.

– No se sabe –contestó rápidamente la abuela. Juan la miró y dijo:

– El médico opina que es un principio de neumonía, pero yo sé que es del estómago.

– ¡Ah!…

– No tiene ni la más mínima importancia. El nene está perfectamente constituido y soportará bien esta fiebre –siguió diciendo, mientras sujetaba con gran delicadeza la cabecita del pequeño, apoyándola en su pecho.

– ¡Juan! –chilló Gloria –. ¡Ya es hora de que te vayas! (…)

Juan lo puso en brazos de la abuela y el niño comenzó a llorar.

– ¡A ver! Dámelo a mí.

En brazos de su madre parecía estar mejor el pequeño.

– ¡Qué pícaro! –Dijo la abuela con tristeza–. Cuando está bueno solo quiere que lo cargue yo, y ahora…"

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 123 y 124)



e. El episodio del supuesto encuentro de uno de los personajes con su alma gemela:



"– Anoche encontré mi alma gemela, mi mujer ideal. Nos enamoramos, pero sin decir una sola palabra. Ella es extranjera. Rusa, ucraniana. Es rubia. Tiene pómulos de rusa, y los ojos más misteriosos que vi. Soñadores, si, soñadores. Estaba en el cabaret donde va Hugo, pero parecía descentrada ahí. Iba elegantísima y la acompañaba un tipo que se la comía con los ojos. Ella le hacía muy poco caso. Estaba aburrida, parecía nervios… En ese momento me miró. Un segundo, pero ¡qué mirada! Me decía todo: sus sueños, sus esperanzas…Porque no es una aventura, es una muchacha muy joven, delicada, pura…

– Te conocemos, Jonatan. Ya tendrá cuarenta años, el pelo teñido, y habrá nacido en El Alto.

– Bueno, pero la aventura no termina ahí. En aquel momento el tipo que la acompañaba volvió porque había que pagar la cuenta y los dos se levantaron. Yo no sabía que hacer. Cuando llegaban a la puerta, la muchacha se volvió a mirar hacia dentro del cabaret, como buscándome… Amigos, salté del banco, dejé el café sin pagar…

– Entonces era café, y no singani…

– No pagué la bebida, y corrí tras ellos. Pero en ese momento para mi rubia y su acompañante llegaba un remis, y se subían. Seguro que habían llamado. No sé lo que sentí. Desgarramiento. Porque ella cuando me miró la última vez lo hizo con verdadera tristeza. Era una llamada de socorro. Hoy pasé el día, bueno, cuando no trabajaba – y acá miró a Pedro – buscándola. Es necesario que la encuentre. Esto pasa sólo una vez en la vida.

– A ti, que eres privilegiado, te pasa una vez por semana –dijo Pedro."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones, Buenos Aires, Sudamericana, pág. 129 y 130)



"–(…) Anoche mismo encontré mi alma gemela, la mujer ideal. Nos hemos enamorado sin decirnos una sola palabra. Ella es extranjera. Debe ser rusa o noruega. Tiene pómulos eslavos y los ojos más soñadores y misteriosos que he visto. Estaba en aquel mismo cabaret donde vi a Jaime, pero parecía descentrada allí. Iba elegantísima y la acompañaba un tipo extraño que se la comía con los ojos. Ella le hacía muy poco caso. Estaba aburrida, parecía nervios… En ese momento me miró. Fue un segundo solamente, amigos, pero ¡qué mirada! Me lo decía todo con ella: sus sueños, sus esperanzas…Porque he de advertiros que no es una aventurera, se trata de una muchacha tan joven como Andrea, delicada, purísima…

– Te conozco, Iturdiaga. Ya tendrá cuarenta años, llevará el pelo teñido, y habrá nacido en la Barceloneta (…)

– Bueno, pues no termina ahí la aventura. En aquel momento el tipo que la acompañaba volvió porque había ido a pagar la cuenta y los dos se levantaron. Yo no sabía que hacer. Cuando llegaban a la puerta, la muchacha se volvió a mirar hacia dentro del cabaret, como buscándome… ¡Amigos!, salté de la silla, dejé el café sin pagar…

– Luego era café, y no absenta…

– Dejé el café sin pagar y corrí tras ellos. En aquel momento mi rubia desconocida y su acompañante subían a un taxi. (…) No sé lo que sentí. No hay palabras para expresar aquel desgarramiento…Porque ella cuando me miró la última vez lo hizo con verdadera tristeza. Era casi una llamada de socorro. Hoy he pasado todo el día medio loco buscándola., Es necesario que la encuentre, amigos míos. Una cosa así, tan fuerte, no pasa más que una vez en la vida.

– A ti (que eres privilegiado) te sucede cada semana, Iturdiaga."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 140 y 141)



"Estábamos volviendo con Jonatan, que vivía más lejos en el barrio. Cuando llegábamos a lo de Estefi, vi como Sylvia entraba con el Quispe.

– ¡Es ella! La princesa rusa…Soy un imbécil. ¿Cómo es posible que la conozcas? Habla, habla claro. ¿En qué país nació? ¿Es rusa, polaca?

– Boliviana.

Jonatan quedó atontado.

– Entonces, ¿cómo es posible que estuviera esa noche en el cabaret? ¿De dónde la conocés?

– Vive con Estefi.

– ¿Y todos los hombres que la acompañan?

– Ese es el Quispe. El del cabaret, no sé, claro.

(Y mientras decía esto a Jonatan, se me presentaba nítidamente la imagen de Mariano.)

Entré distraído en lo de Estefi, pensando que por más vueltas que uno crea dar, se mueve en un mismo círculo"

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 198)



"Al volverme encontré a Iturdiaga que había cruzado la calle saltando (…). Miró como atontado hacia el fondo de la portería donde ya subía el ascensor con Ena dentro.

– ¡Es ella! ¡La princesa eslava!... Soy un imbécil ¡Me he dado cuenta en el mismo momento en que me despedía de ti! ¡Por Dios! ¿Cómo es posible que tú la conozcas? ¡Habla, por tu vida! ¿En qué país ha nacido? ¿Es rusa, sueca, polaca quizás?

– Catalana.

Iturdiaga se quedó atontado.

– Entonces, ¿cómo es posible que estuviera en un cabaret anoche? ¿De qué la conoces tú?

– Es compañera de clase…– expliqué vagamente, mientras me cogía del brazo Iturdiaga para cruzar la calle.

– ¿Y todos esos hombres que la acompañan?

– El de hoy era su padre. El de ayer, como comprenderás, no sé…

(Y mientras tanto le decía esto a Iturdiaga, se me representaba nítidamente la imagen de Román…)

Fui distraída todo el camino, pensando en que siempre se mueve uno mismo en el mismo círculo de personas por más vueltas que parezca dar."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 142)



Otras:



"La gorda se irguió amenazadora. Pero en aquel momento cambió de expresión para sonreírle a Sylvia. Ella aparecía de sorpresa, porque no salió del cuarto con luz donde jugaban a las cartas, sino por la puerta lateral. Mariano también la sintió llegar, pero se hizo el que no la veía mirando hacia el vaso. Sylvia parecía cansada. Dijo:

– Vamos, chico.

Y agarró el brazo de Mariano. Indudablemente lo había visto antes. Como diría el Quispe, la Virgen de Urkupiña sabrá lo que habrá pasado entre ellos.

Salimos a la calle. Cuando detrás de nosotros se cerró la puerta, Mariano echó un brazo por la espalda de Sylvia apoyándose en sus hombros. Caminaron un rato sin hablarse. Yo seguía atrás.

– ¿Se ha muerto el niño? –preguntó Sylvia.

Mariano dijo que no con la cabeza, y empezó a llorar. Sylvia estaba espantada. Él la abrazó, la apretó contra su pecho, y siguió llorando, todo sacudido por espasmos. Hasta que ella lloró también."

(Morales, Bruno, 2006, Bolivia Construcciones , Buenos Aires, Sudamericana, pág. 195)



"Ella se irguió amenazadora… Pero en aquel momento cambió de expresión para sonreír a Gloria que aparecía, saliendo de una puerta lateral. Juan la sintió llegar también, pero aparentó no verla mirando hacia el vaso. Gloria parecía cansada. Dijo:

– ¡Vamos chico!

Y cogió el brazo de Juan. Indudablemente la había visto antes. Dios sabe lo que habría pasado entre ellos.

Salimos a la calle. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, Juan echó un brazo por la espalda de Gloria, apoyándose en sus hombros. Caminamos un rato callados.

– ¿Se ha muerto el niño? –preguntó Gloria.

Juan dijo que no con la cabeza y empezó a llorar. Gloria estaba espantada. Él la abrazó, la apretó contra su pecho y siguió llorando, todo sacudido por espasmos, hasta que la hizo llorar también."

(Laforet, Carmen, 2001, Nada, Barcelona, Crítica, pág. 132 y 133)